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sábado, 9 de enero de 2010

Fic- Ficción III

Historia "Por Vivir". Capítulo cuarenta y algo...



Una vez se hubieron marchado me acerqué al salón pensando en lo sucio que habrían dejado el suelo, pero interrumpí lentamente mi caminar, hasta que desde la entrada pude ver aquel objeto aparecer ante mis ojos, como un gigante que emerge de la nada y su sola presencia ya impresiona.

Era sencillo, de los más pequeños de cola, pero tan brillante como recordaba. Todo el salón se llenó con su olor. Aquel espacio grande, vacío y oscuro pareció llenarse simplemente con él. Sentí iluminada y viva mi casa en ese instante.



En un rincón de aquella vacía y enorme estancia estaba aquella joya para mí. En el lugar perfecto para que no se dañase la pintura ni la caja de resonancia, como si quien allí lo llevó, conociese lo delicado de su estructura.

Recordé mi primer día de clase. Iba de la mano de mi padre. Tendría aproximadamente ocho años. Recordé perfectamente cada rincón, de aquel aula, que era, la casa de mi profesora. Recordé lo difíciles que eran las clases de solfeo y lo ridícula que me sentía leyendo algunas partituras. Me moría de las ganas de sentarme frente al piano y poder tocarlo. Pero aquello no llegaría hasta mucho tiempo después.

El tercer año empezábamos a tocar y aunque en clase había niños y niñas más pequeños que yo, con un extraordinario sentido del ritmo, no dejé de emocionarme el primer día que puse mis manos sobre aquel teclado, siendo consciente en ese instante de lo que era llorar de felicidad. Ochenta y ocho teclas; cincuenta y dos blancas, treinta y seis negras. Tres cuerdas por tecla y tres pedales. Un arpa precioso en su interior. Casi sin darme cuenta me había acercado para acariciarlo. Paseaba mis ojos y mis manos con la delicadeza de saber que, aquel instrumento, me encantaba.

Siete notas, cada una diferente en el pentagrama y más posibilidades de expresar un sentimiento que las palabras que se forman con las letras del abecedario. No hay discurso más completo que el que sale de un piano. Ninguna palabra sustituye a ninguno de sus sonidos. Tuve la tentación de sentarme a tocarlo pero no estaba afinado y preferí esperar. El lunes devolvería aquel regalo pero durante ese fin de semana mis manos pasarían del teclado de mi portátil al teclado de aquel piano.

Mientras que vino el experto afinador, me dediqué a bajarme alguna partitura de Internet. Al final conseguí la que buscaba, me la descargué y la imprimí en el despacho.

Tuve la tentación de querer recordar la última vez que había tocado el piano y tuve que sacudirme ese recuerdo para volver a intentarlo, comprobando cuánto de torpes se habrían vuelto mis manos.

Cuando aquel experto se marchó, a solas, con el único eco de las paredes de aquel salón, me volví a atrever a sentir algo, a darle cuerda al corazón y a sacarlo de su encierro. Nadie alrededor amenazaría su fragilidad. Podría latir cuanto quisiera, sin freno alguno, sin miedo, sin desesperanza. Como una veleta giró hasta ponerse en dirección al viento de aquella melodía. Por unos minutos, conseguí que fuera libre. Por un momento admití cuánto me dolía saber lo cerca que pude estar de lograr lo que había deseado. Por un momento pensé en quién fui y en quien me había convertido. Por un instante volví a desear que me quisiera y aquel deseo no me ahogaba, simplemente existía y esperaba. Y así voló mi imaginación, al único paraíso que conocí, como la cometa que a lo único que aspira es a volar necesitando sólo... el pequeño soplo del deseo.