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sábado, 25 de julio de 2009

"Por Vivir" Ficción reeditada.


20 de abril de 2009.

No sé si hay momentos en la vida de todas las personas que marcan un antes y un después. Tampoco se exactamente cuándo fue que mi vida cambió, si fue un momento o fue la suma de circunstancias la que marco el giro que dio.



Esta es la historia de mi vida… Resume una parte de mis días,… la parte más importante para mí. Y éste… fue otro instante más…

Cada mañana igual. Mecánicamente ejecutaba casi de memoria el mismo gesto. Una curva, otra y después, aquel cruce. Reduje a cuarta, levanté el pié del acelerador y tracé esa curva limpiamente.

Era una mañana de invierno, muy fría, pero ni una sola nube en el cielo impedía que el sol acercara el color de cada cosa a los ojos de quien la mirara. Y allí estaba yo, y frente a mí, un coche que no debía estar. Recuerdo mirar esos faros y creer lo inevitable.

No recuerdo la fuerza de aquel golpe, abrí los ojos por un instante y sentí el peso de mi cuerpo sobre mi asiento. No se oía nada, pero mi mente me recordó otro fuerte dolor sobre mi ceja izquierda y el calor de la que creo que era mi sangre escapando de mí. Giré mi cuello y vi mi mano sobre el asiento, quise moverla y no pude. Sentí angustia y nauseas, y cerré los ojos.

En esa oscuridad apareció ella con su perfecto rostro sonriendo, el brillante color miel de sus ojos inseparable a su mirada feliz, y diciéndome no sé qué cosa, me besaba y en aquel momento, podría jurar que sentí sus cálidos labios de nuevo, rozando la piel de los míos, y a sus manos pasearse por mi rostro, con esa caricia tan suya que me ancló para siempre a ella.

Fue entonces que volví a despertar. Otro par de ojos distintos me miraban fijamente, muy cerca de mí. Y escuché una voz. Y recuerdo que dijo -Ya todo va a ir bien-. Y volví a cerrar los ojos creyendo esas palabras y pensando, que en la oscuridad me esperaba ella, y si me estaba muriendo no quería hacerlo pensando en nada más, en ningún otro recuerdo.

Esa carretera un día más me alejaba nuevamente del amor de mi vida. Yo así lo había querido. Cinco años atrás me demostró que no me quería y aquel suceso me dejó un inmenso hueco que los te quiero que vinieron después, de otros labios, no lograron llenar. No volví a enamorarme. El desamor me hizo presa y no sabía liberarme de él. Yo sólo pretendía sobrevivir, pero el destino me alejaba de ella, cuando yo menos lo pretendía.

Llenaba, de mil cosas distintas, cada día, para llegar a casa tan cansada, que no hubiese tiempo de sentir el peso del vacío y de la soledad. No quería sentir que mi cuerpo ya no tenía alma, ni mi vida sentido. Esa era mi estrategia, intentar que ella no fuese mi motivo, que dejara de pesarme todo lo que sentía por ella, que me fuera posible no correr a abrazarla para no soltarla nunca más.
Bueno, pues esto es el comienzo de una historia, que más por el empuje ajeno, parece que va tomando forma. Pretendo que sea un guiño simpático a quien influye de manera decisiva en su desarrollo y en su forma. Esto queda muy lejos de lo que se llama literatura, es como el garabato de un niño para la escritura, pero mi objetivo no es tan elevado, no podría cumplirlo. Cuendo esté terminado agradeceré las innumerables aportaciones al mismo y el apoyo brindado, sobresaliendo esto sobre todo, y siendo el verdadero hecho importante para mi.

martes, 6 de enero de 2009

Ficción III



“En qué clase de hija de puta insociable te está convirtiendo este trabajo” pensaba. Otro día como los tres últimos estaba sentándome en mi mesa, soltando el vaso de café de máquina y chupando mis dedos para borrar los rastros de crema de éste y suavizar la quemazón de mis dedos. No dije nada al entrar a nadie. Miré la carpeta amarilla que tenía frente a mí y desee no tener que abrirla. Entonces levanté la vista. Dije “buenos días”, y mi compañero me miró. Hizo una mueca de sonrisa y dijo: -vaya, quién lo iba a creer, mi traje de hombre invisible está perdiendo sus propiedades hoy.

- Si, las estás perdiendo, serán los años...además... cambiaste de colonia y hasta un muerto podría notar tu presencia. ¿Regalo de tu última novia? - Repliqué.

Me miró y sonrió. Tenía una bonita sonrisa. Mantuve mis ojos sobre el y creo que también le sonreí. De pronto la voz del jefe al final de la sala hizo pasar ese instante y cortó esa incipiente conversación.

Exigió nuestra presencia en su despacho a la voz de ya. Pensé que el café lo tomaría helado de nuevo, y eso era peor que su sabor.

- Es una niña. Seis años. Rubia. Ojos azules. El forense dice que murió hace aproximadamente dos semanas. La encontró un vecino del pueblo aficionado a las setas. Id allí, el juez estará a punto de llegar y quiero un informe detallado en mi mesa antes de las 12. Nada más.

Salimos ambos del despacho, yo sentía las nauseas agarrarse a mi garganta. El se limitó a golpearme el hombro y decirme: -Es lo que somos, rastreadores. Hagamos nuestro trabajo y hoy por decirme buenos días te presentaré a mi novia… la de la colonia… recuerdas?”

- Vale, pero que conste que le diré que tiene un pésimo gusto… con las colonias… por ahora-contesté.

Su pícara mirada me tradujo que era el precio a pagar por otras virtudes más ocultas. Fue entonces que reí. Mi estómago volvió a su lugar y cogiendo la chaqueta abandoné aquel café, respiré profundo recordándome viva y con ganas de afrontar aquel día.

lunes, 8 de diciembre de 2008

Ficción II

... Muchas veces mi labor profesional era de paisano colaborando estrechamente con los subinspectores a los que auxiliaba en tareas de documentación, acompañamiento o traslado de detenidos, protección de víctimas. Por desgracia, también, muchas veces relacionados con la violencia doméstica, y otras menos, surgían interrogatorios menores o averiguaciones genéricas, sobre los asuntos que me encomendaban. Durante ese tiempo me había convertido en una experta en consultas de las bases de datos internas de la policía nacional o incluso de la Interpool.

A los tres meses de estar en mi nueva comisaría surgió un caso que en principio no me pareció nada particular, pero que sin lugar a dudas, con el transcurrir de los hechos después se convirtió en el punto de inflexión que marcaría un antes y un después en mi vida.

En un domicilio de las Rozas, en Madrid, había aparecido el cadáver de un hombre de mediana edad en el garaje de su domicilio. Hacia allí se trasladó la unidad de homicidios en la que trabajaba. Roberto, el subinspector, al cual auxiliaba en el lugar de los hechos, se fue dedicando a recoger todos los datos de la escena del crimen. Me encargó hablar con los vecinos de la víctima para tratar de recomponer la imagen social de la misma. ...