

Muchas noches despertaba durante la noche atormentada por un sueño. A pesar de que despierta ya me había rendido a su olvido, cuando dormía, volvía a aparecer el amor que sentía por ella, en forma de su propia imagen, paseando por una playa desierta, en un desapacible día. Nada tenía color en aquellos primeros momentos. El mar embravecido, con sus olas oscuras, se aproximaba a su orilla y ella caminaba hacia él. Mi corazón latía más y más acelerado cuando más se aproximaba al mar, pero mis pies estaban clavados en la arena y mis brazos no alcanzaban a tocarla. Mi voz no se oía, como tampoco el mar. Sus pies, ya sumergidos, se detenían y entonces yo, convertida en pájaro, volaba hacia ella y estando frente a su rostro, como un colibrí suspendido frente a él, veía cerrados sus ojos. Yo había dado la espalda al mar y la próxima ola intuía que nos abatiría a ambas. Presentía lo inevitable y mientras el mar ya espumaba mis alas, ella abría los ojos pero seguía sin verme. Sus ojos brillantes tomaban color y volvían a su ligero color miel, el cielo volvía a su azul cobalto, la oía respirar y entonces, se giraba para alejarse de allí. Tras su espalda todo volvía a ser gris. El mar negro había mojado mis alas y me llevaba tras él. Ya no podía seguirla. En ningún momento me vio y yo, sabiéndola a salvo, dejaba de luchar, viendo casi sumergida como abandonaba aquella playa. Lo último de aquel sueño era mi despertar. Abría mis labios para respirar y con el corazón encogido y en un latir atropellado, recobraba la consciencia sintiendo oprimido el pecho y el sudor invadiendo cada poro de mi piel.
Cuando despertaba, cada mañana, de aquel sueño recurrente, recordaba lo lejos que me encontraba del mundo al que creía haber pertenecido. La rodilla me volvía a doler, a veces demasiado intensamente. No lloraba pero tenía que hacer grandes esfuerzos por evitarlo. Por momentos deseaba que me la cortaran y acabar con aquel calvario. Ya vería qué cortar en mi corazón para que también doliera menos.
Durante aquella mañana Sonia había entrado y salido de la habitación mil veces atendiendo el teléfono. Yo la miraba salir y entrar, y me aburría cuando me quedaba a solas. Estaba cansada, no tenía ni fuerzas ni ganas de nada. Las vistas de la ventana de mi habitación estaban lejos de mi cama y otra vez había empezado a llover. Cogí las muletas y decidí levantarme. Fui antes al baño a peinarme un poco y me puse la chaqueta del chándal. Aquella mañana hacía mucho frio. No llevaba ni cinco minutos absorta en la imagen de aquella ciudad bajo la lluvia cuando oí, tras de mí, abrirse la puerta.
- ¡Sonia! ¿Podrías preguntar si me dejarían salir un poco a la calle? Me estoy ahogando en esta habitación, y necesito un poco de esa lluvia en mi cara…-dije mirando aún por la ventana y apoyando mi mano en el cristal deseando tocar el agua que escurría tras el cristal. Al ver que no contestaba me giré y tan pronto la vi me olvidaba de la calle, de la lluvia, de Sonia y del mundo.
- Hola.
- …